El desagüe puede parecer una forma rápida de hacer desaparecer determinados residuos, pero todo lo que arrojamos por él continúa circulando por las tuberías. Algunos productos se acumulan poco a poco y terminan causando malos olores, atascos o daños en la instalación.
El aceite y las grasas de cocina son uno de los ejemplos más habituales. Aunque se viertan calientes y en estado líquido, al enfriarse pueden adherirse al interior de las tuberías. Lo recomendable es guardarlos en un recipiente cerrado y depositarlos en un punto de recogida autorizado.
Los restos de café, la harina, el arroz y la pasta tampoco deberían terminar en el fregadero. Estos alimentos pueden absorber agua, aumentar de tamaño y formar una masa que dificulta el paso normal del agua, especialmente cuando se mezclan con grasa o jabón.
Las toallitas húmedas, el papel de cocina y los productos de higiene deben tirarse siempre a la basura. A diferencia del papel higiénico, no se deshacen fácilmente y pueden quedar atrapados en las tuberías o acumularse en la red de saneamiento.
Las pinturas, los disolventes, los medicamentos y otros productos químicos también necesitan una gestión adecuada. Además de poder deteriorar algunos materiales, pueden resultar perjudiciales para el medioambiente. Utilizar correctamente los desagües es una medida sencilla que ayuda a evitar averías y a conservar las tuberías en buen estado durante más tiempo.



